II

El río se arrastraba cantando en diminutas cascadas; los pajarillos cantaban escondidos en los pitahayos y las chicharras monorrítmicas llenaban de misterio la soledad de la montaña.
Demetrio despertó sobresaltado, vadeó el río y tomo la vertiente opuesta al cañón. Como hormiga arriera ascendió la crestería, crispadas las manos en las peñas y ramazones, crispadas las plantas sobre las guidas de la vereda.
Cuando escaló la cumbre, el sol bañaba la altiplanicie en un lago de oro. Hacía la barranca se veían rocas enormes rebanadas; prominencias erizadas como fantásticas cabezas africanas; los pitahayos como dedos anquilosados de coloso; árboles tendidos hacía el fondo del abismo. Y en la aridez de las peñas y las ramas secas, albeaban las frescas rosas de San Juan como una blanca ofrenda al astro que comenzaba a deslizar sus hilos de oro de roca en roca.

Mariano Azuela -Los de Abajo-